Somos un país que se especializa en armar mesas para todo: política, economía, seguridad, deporte... Lo malo es que la carpintería figurativa se nos da poco y se desarman más rápido de lo que un grupo de personas decide "establecerla".
Al principio, creía en las mesas. De verdad que sí. Pero el tiempo y los hechos han demostrado (al menos en el caso salvadoreño) que no tenemos aún la madurez suficiente para no "darle vuelta" a la mesa cuando las cosas/decisiones/temas/conclusiones no nos favorecen o no nos parecen bien.
Pero no es solo el hecho de que la mesa se mantenga o se desarme a conveniencia de sus miembros. Quiero pensar que muchos ciudadanos también cuestionan lo referente a resultados (aquí no valen actas, declaraciones, pronunciamientos públicos, conferencias de prensa al final de una reunión y ese tipo de cosas). Acciones reales y efectivas. Quizá no la solución con solo chasquear los dedos, pero al menos, un primer paso para solventar el problema que los hizo sentarse a discutir.
"Somos una democracia joven", dicen. Quizá el chispazo más reciente de "democracia" (Acuerdos de Paz) que conocemos lo sea, pero ya estamos (también los que están en ese montón de mesas) bastante creciditos como para aprender a dialogar y a veces ceder, con tal de que las cosas avancen. Por aquello del patriotismo, aunque no sea 15 de Septiembre.
PD: Voy a entablar una mesa para decidir los temas de los que publicaré en el futuro. No se extrañen, entonces, de no ver entradas tan seguido. Saludos.
abril 23, 2014
abril 15, 2014
Un kaizen
Les advierto que estas son ideas de una noche de martes lleno de emociones mezcladas.
Una vez advertidos, déjenme contarles que hoy inician mis vacaciones. Esperadas como no tienen idea. Y hay cosas en muchos ámbitos de mi vida que apuntan hacia una sola dirección: La necesidad de efectuar un kaizen a pequeña escala.
¿Un kaizen?, me dirán. Sí, un kaizen, un cambio, una "mejora continua", la capacidad de reinventarte cada día (ya escribí un poco de ésto antes) y de ser mejor, dando un paso a la vez y cumpliendo pequeñas metas que se convierten en cambios positivos.
Que uno debe ser uno mismo, dicen. Les doy la razón, y al mismo tiempo, les recuerdo que somos humanos con la capacidad de repararnos, de crearnos a la mejor imagen y semejanza de aquel que consideremos como nuestro Creador. Que somos seres llenos de tanta luz, que en un mundo de oscuridad, no podemos ser egoístas y no compartir ese brillo que es opacado por tonteras.
Y bueno, desde hoy por la noche empieza mi "mini kaizen". Poco a poco espero mejorar algunas cosas de mí, que aunque pequeñas, le ayudan a uno mucho y les contaré como me va en este propósito, aunque a veces necesitará de silencios y de concentración absoluta. Quien quita y luego ustedes se animan :)
Saludos,
Una vez advertidos, déjenme contarles que hoy inician mis vacaciones. Esperadas como no tienen idea. Y hay cosas en muchos ámbitos de mi vida que apuntan hacia una sola dirección: La necesidad de efectuar un kaizen a pequeña escala.
¿Un kaizen?, me dirán. Sí, un kaizen, un cambio, una "mejora continua", la capacidad de reinventarte cada día (ya escribí un poco de ésto antes) y de ser mejor, dando un paso a la vez y cumpliendo pequeñas metas que se convierten en cambios positivos.
Que uno debe ser uno mismo, dicen. Les doy la razón, y al mismo tiempo, les recuerdo que somos humanos con la capacidad de repararnos, de crearnos a la mejor imagen y semejanza de aquel que consideremos como nuestro Creador. Que somos seres llenos de tanta luz, que en un mundo de oscuridad, no podemos ser egoístas y no compartir ese brillo que es opacado por tonteras.
Y bueno, desde hoy por la noche empieza mi "mini kaizen". Poco a poco espero mejorar algunas cosas de mí, que aunque pequeñas, le ayudan a uno mucho y les contaré como me va en este propósito, aunque a veces necesitará de silencios y de concentración absoluta. Quien quita y luego ustedes se animan :)
Saludos,
abril 08, 2014
Antesala y un trisílabo (doble entrada)
Buenas... Por ser una fecha especial, voy a postear doble (en realidad, el segundo tema ya lo tenía desarrollado y hay que aprovechar)
En primer lugar, quiero hablarles de las antesalas. Yo no soy amiga de ellas.
Hoy fue uno de esos días. Es quizá porque soy su enemiga, que las antesalas se me complican un poco, surgen eventos inesperados, situaciones apremiantes que requieren de ingenio, de empeño, de imaginación para superarlas y aunque sea rascando, salir adelante. Dicen mis conocidos que es cuestión de voluntad.
Quizá no me gustan los antesalas, ni los días "pre", ni el día antes, porque sé que todo acabará al día siguiente. Porque las situaciones felices de las 24 horas siguientes parece que no serán suficientes, y porque debe uno esperarse otros meses, años o décadas para que vuelvan a suceder.
Pero este año, quizá sea la excepción.
Ciertamente la antesala a los 24 ha sido complicada a su manera. Complicada, pero realmente educativa en el oficio del periodismo y en la vida misma. Y siento que las alegrías de las próximas 24 horas serán duraderas porque precisamente, he aprendido en este año, el valor del tiempo, de una amistad sincera, del cariño a veces tosco pero real, de aquellas personas a las que inexplicablemente, les abrís un espacio en tu corazón y se vuelven habitantes permanentes.
He aprendido que las cosas que valen las tengo permanentemente y que me veo chula sonriendo (modestia aparte, jaja). Y que Dios me ha dado tanto, que no se puede estar más que agradecida, incluso, por las antesalas.
Pero, en esta oportunidad, hay un segundo punto.
Lo siguiente ya lo tenía escrito desde hace muchos días, pero hasta hoy verá la luz. Es solo algo que debía ser escrito. Ahí les dejo:
Tengo un trisílabo atorado en el pecho (y lo peor es que él no sabe que lo está)
se metió por alguno de esos huecos que dejé descuidadamente cuando olvidaba
y se escondió, temeroso de que lo expulsara.
Poco a poco, llenó de luz el espacio
y fue diciéndome el corazón que ya no había más lugar
y que debía empezar a sacar lo innecesario (obviamente él no se fue, se quedó. Y parece que no quiere salir)
Hoy obstruye los pasos fronterizos entre mi ser y el aire
y genera suspiros continuos
y no sabe que su presencia lo invade todo, y que estoy feliz de que así sea.
Tengo un trisílabo atorado en mi mente
lo atesoró entre mis manos, lo llamo entre mis silencios
esperando que en un segundo, escuche
y siga sonriendo como siempre
y encienda con las letras de su nombre, un nuevo comienzo.
¡Saludos! ¡Qué rico volver a escribir en este espacio!
En primer lugar, quiero hablarles de las antesalas. Yo no soy amiga de ellas.
Hoy fue uno de esos días. Es quizá porque soy su enemiga, que las antesalas se me complican un poco, surgen eventos inesperados, situaciones apremiantes que requieren de ingenio, de empeño, de imaginación para superarlas y aunque sea rascando, salir adelante. Dicen mis conocidos que es cuestión de voluntad.
Quizá no me gustan los antesalas, ni los días "pre", ni el día antes, porque sé que todo acabará al día siguiente. Porque las situaciones felices de las 24 horas siguientes parece que no serán suficientes, y porque debe uno esperarse otros meses, años o décadas para que vuelvan a suceder.
Pero este año, quizá sea la excepción.
Ciertamente la antesala a los 24 ha sido complicada a su manera. Complicada, pero realmente educativa en el oficio del periodismo y en la vida misma. Y siento que las alegrías de las próximas 24 horas serán duraderas porque precisamente, he aprendido en este año, el valor del tiempo, de una amistad sincera, del cariño a veces tosco pero real, de aquellas personas a las que inexplicablemente, les abrís un espacio en tu corazón y se vuelven habitantes permanentes.
He aprendido que las cosas que valen las tengo permanentemente y que me veo chula sonriendo (modestia aparte, jaja). Y que Dios me ha dado tanto, que no se puede estar más que agradecida, incluso, por las antesalas.
Pero, en esta oportunidad, hay un segundo punto.
Lo siguiente ya lo tenía escrito desde hace muchos días, pero hasta hoy verá la luz. Es solo algo que debía ser escrito. Ahí les dejo:
Tengo un trisílabo atorado en el pecho (y lo peor es que él no sabe que lo está)
se metió por alguno de esos huecos que dejé descuidadamente cuando olvidaba
y se escondió, temeroso de que lo expulsara.
Poco a poco, llenó de luz el espacio
y fue diciéndome el corazón que ya no había más lugar
y que debía empezar a sacar lo innecesario (obviamente él no se fue, se quedó. Y parece que no quiere salir)
Hoy obstruye los pasos fronterizos entre mi ser y el aire
y genera suspiros continuos
y no sabe que su presencia lo invade todo, y que estoy feliz de que así sea.
Tengo un trisílabo atorado en mi mente
lo atesoró entre mis manos, lo llamo entre mis silencios
esperando que en un segundo, escuche
y siga sonriendo como siempre
y encienda con las letras de su nombre, un nuevo comienzo.
¡Saludos! ¡Qué rico volver a escribir en este espacio!
febrero 21, 2014
Mini historias 2.5
Uno, dos, tres suspiros consecutivos bastaban para que él se diera cuenta de lo que sentía. Amalia, casi inmóvil ante lo que pasaba, juntaba levemente los párpados, pues deseaba ver su rostro, tan inquieto como el resto de su cuerpo durante ese encuentro espontáneo.
Sí, fue espontáneo. No planificaron el lugar ni la hora. Solo sabían con plena seguridad que el sentimiento se mantenía latente 23 de las 24 horas del día (pues incluía sus sueños).
El recorrido era incierto. Buscaba la mejor forma de transmitirle todo el torrente de sentimientos resguardados desde hacía mucho tiempo en tan solo una mirada, una caricia... un beso directo a esa parte del alma que se aferraba a él con locura.
Cuatro, cinco, seis. Parecía una melodía, armoniosamente el universo materializaba sus ilusiones infantiles en un único movimiento que se tornaba más rápido o más fuerte o más intenso por momentos. Cada poro permanecía absorto en esa burbuja de tiempo-espacio que explotaba con la intromisión de un "con permiso", un "disculpe" o simplemente, de la pérdida por unos segundos de ese contacto cuasi divino establecido entre ambos.
Creyó alcanzar algo similar a la felicidad. Una cosquilla que le recorría, un calorcito agradable, un temblor repentino que no preocupa, una sonrisa que no teme mostrarse... un lugar dentro de sí en el que habitaba un misterioso sentimiento que corría libremente, hasta que se reflejaba en un pulso acelerado, en un corazón que le reconoció como en aquella noche.
Fue entonces cuando lo entendió. Parapetada en sus diversos pensamientos, Amalia comprendió que a pesar de que estaban en diferentes dimensiones, a pesar de las diferencias en muchos puntos, de las divergencias de vida, sus distanciados caminos encontraron un punto en común que desarrollaron a tal grado, que se les hizo necesario.
Y así lo quisieron. Se explicaron con la mirada que a pesar de todo, existen los sustantivos abstractos, los requerimientos infranqueables (que no eran caprichos), las verdades innegables, los pecados exquisitos, los sentimientos infinitos... las voces que se escuchan claramente entre el ruido de dos vidas alejadas por años, kilómetros, experiencias y realidades.
Uno, dos, tres de nuevo. En un micro segundo, ambos cruzaron el paso de cebra. El choque accidental de sus manos en el vaivén humano natural fue lo más cercano a un "hola" que conocieron.
Sí, fue espontáneo. No planificaron el lugar ni la hora. Solo sabían con plena seguridad que el sentimiento se mantenía latente 23 de las 24 horas del día (pues incluía sus sueños).
El recorrido era incierto. Buscaba la mejor forma de transmitirle todo el torrente de sentimientos resguardados desde hacía mucho tiempo en tan solo una mirada, una caricia... un beso directo a esa parte del alma que se aferraba a él con locura.
Cuatro, cinco, seis. Parecía una melodía, armoniosamente el universo materializaba sus ilusiones infantiles en un único movimiento que se tornaba más rápido o más fuerte o más intenso por momentos. Cada poro permanecía absorto en esa burbuja de tiempo-espacio que explotaba con la intromisión de un "con permiso", un "disculpe" o simplemente, de la pérdida por unos segundos de ese contacto cuasi divino establecido entre ambos.
Creyó alcanzar algo similar a la felicidad. Una cosquilla que le recorría, un calorcito agradable, un temblor repentino que no preocupa, una sonrisa que no teme mostrarse... un lugar dentro de sí en el que habitaba un misterioso sentimiento que corría libremente, hasta que se reflejaba en un pulso acelerado, en un corazón que le reconoció como en aquella noche.
Fue entonces cuando lo entendió. Parapetada en sus diversos pensamientos, Amalia comprendió que a pesar de que estaban en diferentes dimensiones, a pesar de las diferencias en muchos puntos, de las divergencias de vida, sus distanciados caminos encontraron un punto en común que desarrollaron a tal grado, que se les hizo necesario.
Y así lo quisieron. Se explicaron con la mirada que a pesar de todo, existen los sustantivos abstractos, los requerimientos infranqueables (que no eran caprichos), las verdades innegables, los pecados exquisitos, los sentimientos infinitos... las voces que se escuchan claramente entre el ruido de dos vidas alejadas por años, kilómetros, experiencias y realidades.
Uno, dos, tres de nuevo. En un micro segundo, ambos cruzaron el paso de cebra. El choque accidental de sus manos en el vaivén humano natural fue lo más cercano a un "hola" que conocieron.
octubre 22, 2013
Mini historias 3.0
Amalia observó el torrente que fluía en forma exagerada por momentos. Los intervalos entre uno y otro suspiro atorado y no disparado eran proporcionales a la cantidad de palabras que se encontraban en el punto que divide la discreción y el secreto, de la expresión sincera y la sonrisa de sus mejillas sonrojadas cada vez que se encontraba frente a él.
Quería saber muchas cosas y ocultaba otras tantas. Quería saber, por ejemplo, cómo es que la curvatura de aquellos labios se antojaba casi perfecta en cualquier momento del día a pesar de formar un ángulo recto u obtuso (aunque siempre la balanza se inclinaba por una sonrisa que la dejaba perturbada por el resto del día). Quería ser el objetivo.
Deseaba conocer sus pensamientos, sus ideas sobre la vida y sobre ella. Se lo imaginaba en alguna dimensión, recostado sobre su hombro en aquellos momentos donde le pasaba factura la vida... Y pensaba en la ingenuidad, la genialidad y el brillo de aquellos ojos cuando hablaban con pasión de las cosas más importantes y de las más triviales, mientras reía.
Ansiaba descifrar el eterno misterio del momento en que pasó de un vistazo a su sombra un día de sol, hasta fijar su mirada en su alma, un alma tan apacible que hasta resultaba poco creíble pero al mismo tiempo, tan sincera como la realidad que los rodeaba. Recordaba perfectamente como el juego de las oraciones y de los pequeños destellos momentáneos se juntaban en las situaciones más fantásticas que podría imaginar.
Llegado el momento, arribó, decidida a contarle la verdad a pesar de lo que eso significase. Pero de repente, la luz infinita que emanaba de esa boca se convirtió en una bocanada de oscuridad cegadora... No faltaron los mareos, los perdones, los qué, los cuándo y los por qué.
Y luego se le desdibujó la sonrisa. Ya no había que posar.
Quería saber muchas cosas y ocultaba otras tantas. Quería saber, por ejemplo, cómo es que la curvatura de aquellos labios se antojaba casi perfecta en cualquier momento del día a pesar de formar un ángulo recto u obtuso (aunque siempre la balanza se inclinaba por una sonrisa que la dejaba perturbada por el resto del día). Quería ser el objetivo.
Deseaba conocer sus pensamientos, sus ideas sobre la vida y sobre ella. Se lo imaginaba en alguna dimensión, recostado sobre su hombro en aquellos momentos donde le pasaba factura la vida... Y pensaba en la ingenuidad, la genialidad y el brillo de aquellos ojos cuando hablaban con pasión de las cosas más importantes y de las más triviales, mientras reía.
Ansiaba descifrar el eterno misterio del momento en que pasó de un vistazo a su sombra un día de sol, hasta fijar su mirada en su alma, un alma tan apacible que hasta resultaba poco creíble pero al mismo tiempo, tan sincera como la realidad que los rodeaba. Recordaba perfectamente como el juego de las oraciones y de los pequeños destellos momentáneos se juntaban en las situaciones más fantásticas que podría imaginar.
Llegado el momento, arribó, decidida a contarle la verdad a pesar de lo que eso significase. Pero de repente, la luz infinita que emanaba de esa boca se convirtió en una bocanada de oscuridad cegadora... No faltaron los mareos, los perdones, los qué, los cuándo y los por qué.
Y luego se le desdibujó la sonrisa. Ya no había que posar.
septiembre 28, 2013
La maña de la ocasión
Algo así como la "fiestitis" pero enfocada en esa manía de querer estar presente. Buscar un motivo, una causa para que se detone el hecho/celebración/ "motivo para...". Suele suceder.
Y sin embargo, no suelen venir a mi mente ocurrencias lo suficientemente creíbles como para justificar mis palabras, mi emoción repentina, una noticia inesperada. La maña de crear la ocasión opaca lo lineal del tiempo que pasa entre lo ideal y lo real.
¿No les ha sucedido eso de buscar una excusa? A mí creo que se me acabaron.
A veces, hay que decirlo, esto de crear momentos sale bien. Es como si todo el universo estuviese perfectamente alineado y el tiempo y el clima y las personas... y todo, estuviese en sintonía con lo que queremos lograr.
Pero como es costumbre, como es vieja práctica, no perdemos aquello de encontrar, casi en cualquier término del diccionario (de entre tantos), casi en cualquier segundo (que no es igual al anterior), una oportunidad para una nueva experiencia, para un nuevo comienzo o para un recordatorio de lo importante que es algo o alguien para nosotros.
En los últimos días he iniciado mi rehabilitación. Contempla también usar mi maña de la ocasión para expresarme más seguido de aquellas cosas para las que la rutina no deja tiempo y esperar a que sea el tiempo, el que se haga un espacio en la agenda por voluntad propia y no por influencias externas. Y esperar a que todo fluya de forma natural.
A ver cómo me va :)
Y sin embargo, no suelen venir a mi mente ocurrencias lo suficientemente creíbles como para justificar mis palabras, mi emoción repentina, una noticia inesperada. La maña de crear la ocasión opaca lo lineal del tiempo que pasa entre lo ideal y lo real.
¿No les ha sucedido eso de buscar una excusa? A mí creo que se me acabaron.
A veces, hay que decirlo, esto de crear momentos sale bien. Es como si todo el universo estuviese perfectamente alineado y el tiempo y el clima y las personas... y todo, estuviese en sintonía con lo que queremos lograr.
Algo así... Esta foto ciertamente no la planeé del todo. Pero salió a fin de cuentas
Pero como es costumbre, como es vieja práctica, no perdemos aquello de encontrar, casi en cualquier término del diccionario (de entre tantos), casi en cualquier segundo (que no es igual al anterior), una oportunidad para una nueva experiencia, para un nuevo comienzo o para un recordatorio de lo importante que es algo o alguien para nosotros.
En los últimos días he iniciado mi rehabilitación. Contempla también usar mi maña de la ocasión para expresarme más seguido de aquellas cosas para las que la rutina no deja tiempo y esperar a que sea el tiempo, el que se haga un espacio en la agenda por voluntad propia y no por influencias externas. Y esperar a que todo fluya de forma natural.
A ver cómo me va :)
septiembre 17, 2013
Seis años
A Amalia no le bastaron los dedos de una sola mano para recordar el tiempo transcurrido. Tantas horas, minutos, ocasiones y momentos en los que el cristal de su vehículo permaneció igual que aquella mañana- casi mediodía- del 17 de septiembre. Cerrado, sin una oportunidad para escapar de la prisión que constituía su otrora espacio personal, lugar especial. El medio a través del cual, había llegado hasta este punto de la vida en el que se debatía el bien y el mal y perdía el bien con cada trago de agua salada de mar.
Amalia casi no respiraba. Aún hoy, le es difícil inhalar por completo y vaciar sus pulmones para expresar sus sentimientos (los verdaderos), para decirle al mundo lo mucho que le importa que el Jean Carl que conoció y sus duplicados se hayan ido. O se los hayan llevado.
Amalia no cree que hayan pasado ya seis años desde aquella madrugada gloriosa en la que un súbito momento de inspiración le mantuvo despierta toda una noche, mientras llorando, escribía esa última parte de la historia que debía salir de su desbordado corazón. Y que, cuando culminó, imprimió en papel normal hasta terminar y abrazarlo como si fuese su legado en estas cosas del sentir.
Sigue sin saber de protocolos, pero al menos hoy, sabe que los hay. Amalia cree que el duelo ha sido suficiente, que tiene en alguna parte del tiempo y el espacio, un lugar que debe ocupar y para el cual, debe estar lista.
Que para ello, como en una mudanza, debe vaciar todo lo malo y lo triste y lo destructivo. No se sirve el mejor vino tinto en un desechable, se repite, como parafraseando aquel texto de la Biblia.
Y que luego de vaciarlo, habrá espacio y luz. Y siendo creyente de las vibras y las auras y lo poderosa que es la mente para atraer sonrisas, la limpieza, el orden, la paz... son requisitos necesarios, ineludibles. Urgentes.
Seis años le bastan para tomar nuevamente las llaves y, en lugar de conmemorar otro aniversario de hacer lo mismo y esperar resultados distintos (véase Einstein), estar consciente de que el camino no es divertido sin los giros y las curvas y los derrumbes que habrá que esquivar como en los videojuegos. Y que es precisamente lo necesario para no morir lentamente, como lo ha hecho todos los días desde hace seis años.
Amalia casi no respiraba. Aún hoy, le es difícil inhalar por completo y vaciar sus pulmones para expresar sus sentimientos (los verdaderos), para decirle al mundo lo mucho que le importa que el Jean Carl que conoció y sus duplicados se hayan ido. O se los hayan llevado.
Amalia no cree que hayan pasado ya seis años desde aquella madrugada gloriosa en la que un súbito momento de inspiración le mantuvo despierta toda una noche, mientras llorando, escribía esa última parte de la historia que debía salir de su desbordado corazón. Y que, cuando culminó, imprimió en papel normal hasta terminar y abrazarlo como si fuese su legado en estas cosas del sentir.
Sigue sin saber de protocolos, pero al menos hoy, sabe que los hay. Amalia cree que el duelo ha sido suficiente, que tiene en alguna parte del tiempo y el espacio, un lugar que debe ocupar y para el cual, debe estar lista.
Que para ello, como en una mudanza, debe vaciar todo lo malo y lo triste y lo destructivo. No se sirve el mejor vino tinto en un desechable, se repite, como parafraseando aquel texto de la Biblia.
Y que luego de vaciarlo, habrá espacio y luz. Y siendo creyente de las vibras y las auras y lo poderosa que es la mente para atraer sonrisas, la limpieza, el orden, la paz... son requisitos necesarios, ineludibles. Urgentes.
Seis años le bastan para tomar nuevamente las llaves y, en lugar de conmemorar otro aniversario de hacer lo mismo y esperar resultados distintos (véase Einstein), estar consciente de que el camino no es divertido sin los giros y las curvas y los derrumbes que habrá que esquivar como en los videojuegos. Y que es precisamente lo necesario para no morir lentamente, como lo ha hecho todos los días desde hace seis años.
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