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agosto 07, 2024

Amalia y los retos

Amalia siempre dijo ser una persona de retos, si bien cuando uno de ellos llegaba, temblaba y dudaba dentro de sí sobre su nivel de preparación para afrontarlos.

Casi nunca estaba lista. No era de aquellas que tienen una maleta armada con lo básico en caso de desastres naturales ni sabía de primeros auxilios. Sin embargo, ya sea por instinto de supervivencia o por pura fortuna, siempre lograba sortear de alguna forma las dificultades, por supuesto sin salir intacta.

Algunas de esas heridas de guerra eran evidentes: En uno de sus brazos, por ejemplo, cuando intentó cocinar un platillo por primera vez; en uno de sus tobillos que se doblaba (o lo intentaba) de vez en cuando en los momentos más inoportunos. 

Las heridas más profundas y significativas, por supuesto, no eran visibles para el resto (ni pensaba revelarlas por el temor que alguien quisiera hurgar en ese pasado y terminara por abrir de nuevo la cicatriz).

Sin embargo, lejos del resultado de la batalla, siempre tenía ganancias: Aprendizajes para situaciones similares que se presentaran más adelante, personas valiosas que se sumaban a su vida y sin duda, recordaba lo importante de vivir en el presente sin tratar de adelantarse a los acontecimientos. No era precisamente la persona más paciente para hacerlo, pero iba poco a poco entrenando a su mente para lograrlo.

julio 25, 2024

25 de julio (origen)

Como mente inquieta y curiosa, Amalia siempre estuvo interesada en descubrir el origen de los sucesos y de las personas que entraban a su vida. Creía que, conociendo las raíces, era más fácil entender el por qué de su desarrollo y estatus actual, e incluso, empatizar con ellos.

Era acuciosa para descubrirlo, llegando a ser invasiva (sin malas intenciones, por supuesto) en un ciclo permanente: Preguntar, procesar, comprender y volver a preguntar.

A veces, su lógica se interponía en el camino. Su padre le había enseñado que el sentido común era el menos común de los sentidos, y efectivamente, en muchas ocasiones fue testigo de cómo muchas personas actuaban por inercia, tropezando muchas veces con la misma dificultad y esperando un resultado diferente al seguir el mismo proceso (una locura, según aquella famosa definición de dicho término).

No obstante, era consciente que los inicios y los finales influían mucho en las personas, por lo que buscaba guiar de un extremo a otro a las personas mientras le contaban el principio, nudo y desenlace de la situación. Sentía un extraño placer al acabarse las historias, como si hubiese conquistado un nuevo planeta o descubierto la cura de un mal que afectase a todo el mundo.

Sabía que, en el fondo, descubrir esas historias le permitía entenderse a sí misma y sus orígenes, pues aquellos a los que guiaba eran en realidad extensiones de ella misma, traídos a su vida no por arte de magia, sino por genuina ley de atracción.

agosto 20, 2017

Segunda vez

Amalia no era fanática del dos, ni de sus derivaciones en segundo, secundario y binario. Lo conocía bien, las dos veces que la habían seleccionado segundo lugar en la escuela, la ocasión en que estuvo a punto de ganar un certamen, de no ser porque fue la segunda mejor. Creía que las segundas posiciones, los segundos lugares, las segundas elecciones no eran tan prestigiosas/honrosas/placenteras como la primera. ¿Cómo discutir la magia de un primer beso, la intensidad de un primer (y no segundo) amor o la felicidad de saberse la primera opción? No había forma.

Su anti secundidad (si no existía el término dijo que iba a proponerlo a la RAE) daba paso a sus cuestionamientos, que avalaban como dogma la idea de que las segundas oportunidades eran un paso al precipicio, pues por supuesto, secundar el dicho popular de que la vida siempre da segundas oportunidades era una contradicción en el sentido más llano de la expresión y ensegundolugar, un ejercicio de alto riesgo para la tranquilidad y para sus principios.

Y no obstante, ahí estaba. En un escenario de dos, en un (re) reconocimiento personal y binario al mismo tiempo, en el que se observaba y lo observaba como un ser aparte, pero como una división de sí misma, igual de dulce y de tierno. Igual (eso quería pensar) de sensible, tan parecido que no lo notó la primera vez que lo vio.

No había sido algo a primera vista, como el cliché manda acatar, pues apenas habían intercambiado palabras en esa ocasión. Ahora sabía algunos de sus secretos (su contraparte juraba que todos porque no guardaba ni uno) y podía decir que comenzaba a identificarse con esa sonrisa tímida y esa mirada, a veces evasiva, a veces fija, como buscando las razones del porqué no se encontraron en la primera oportunidad.

En silencio, Amalia comprendió que la primera vez fue, posiblemente, para ponerla sobreaviso acerca de los sentimientos que varios años después iban a abrirse paso, un paso tras otro y no surgir repentinamente, como había pasado en casi todas las ocasiones con sendos tropezones.

Entendió que a veces es necesario un segundo vistazo, una segunda presentación, un segundo intento porque el primero no era siempre el mejor momento. Que a lo mejor se podía superar la primera impresión con un segundo beso.

marzo 19, 2017

El tiempo de los angelitos

Cada mañana (al menos de lunes a viernes) tengo la oportunidad de caminar un par de calles hacia mi trabajo. Y el viernes pasado fue uno de esos anormales días en los que me tomé mi tiempo y tomé consciencia realmente de lo que pasaba a mi alrededor mientras caminaba.

Ese día "llovían" angelitos en mi camino. Y no, no estoy loca, jajaja.

Para quienes no los conocen, los angelitos son las semillas de una planta llamada "cuchampel" o "cuchamper" (mi abuela se inclina por usar el primer término y la Wikipedia por el segundo). Reciben su nombre porque al desprenderse de la planta, estas semillas con núcleo café y una especie de vellos blancos livianos y suaves, vuelan impulsados por la brisa.

Me es difícil describirlos, así que mejor se los muestro:


(((Tenía tiempo queriendo escribir este texto, pero no había podido atrapar ningún angelito. Esta tarde, el de la foto llegó hasta mi cuarto. Así como cuando uno busca algo desesperadamente y de repente se da cuenta que ya lo tenía o que estaba a su lado)))

Siendo niños, muchos perseguimos los angelitos voladores. Recuerdo las cosquillas en la palma de mi mano cuando atrapaba uno de ellos mientras jugaba o iba hacia la escuela, y la emoción de dejarlo ir para que volara alto y alguien más pudiese atraparlo.

Los angelitos además me recuerdan lo bonito de esta época del año, por la brisa suave, porque ya nos hemos adaptado al nuevo año y aún tenemos mucho por delante para cumplir los propósitos de año nuevo. Algo así fue la sensación que me dejaron el viernes, mientras migraban de su origen y eran ignorados por la gente que caminaba temprano hacia sus trabajos.

No han sido meses sencillos para quien les escribe. La espiral de cambios en mi vida se aceleró desde el segundo semestre de 2016, fue uno de esos períodos en los que hay una sacudida en nuestra vida que nos cambia en distintos ámbitos.

Sin embargo, el tiempo de los angelitos que fui capaz de apreciar por unos minutos esta semana me evocó muchos momentos buenos. Me recordó que tengo muchas cosas buenas en la vida y motivos por los que agradecer y estar más consciente de mí cada día.

Los angelitos también los asocio con abril, mi mes favorito (como todos mis amigos ya saben porque se los repito cada año, jajaja). Y este abril en especial va a ser distinto a otros.

En este abril, debo aprender a soltar algunas cosas, así como dejé ir a tantos angelitos en todos estos años, porque la belleza de los angelitos, al igual que varias cosas en la vida, radica en su libertad para volar.

febrero 15, 2017

Tertulias de autobús- ($0.25)

La última moneda de $0.25 que traía hoy se la di a un pandillero.

Ocurrió en San Salvador, en un bus, a las 5 y algo de la tarde. Suele suceder que se suben a ofrecerte desde tostadas de plátano, agua helada "de a $0.15", verduras, ungüentos milagrosos y dulces. El pandillero en cuestión ofrecía dulces a los pasajeros; algunos los recibieron, otros se negaron y el resto, la mayor cantidad, simplemente lo ignoraron.

La tranquilidad de algunos se vio interrumpida cuando el joven se dirigió al frente y, levantándose la camisa, mostró su tatuaje con dos grandes números. "La onda, va, es que acabo de salir de un penal y ando intentando ganarme la vida", dijo.

Dijo que entró a la pandilla siendo un niño, por lo que carecía de un padre o una madre o una familia a quien recurrir por ayuda. Que entre los vendedores le habían regalado esa bolsa de dulces porque lo veían como "el niño". "Y aunque me vean como niño, yo estoy entrenado, va, para robar y para matar y no me tiembla el pulso", añadió.

"La onda es que varios acá me rechazaron el dulce, como hace casi todo mundo que por sentir que tienen un poco más de poder, va, a uno lo miran de menos y lo ignoran. La onda es que tengo hambre y varios me vieron de menos", dijo.

Luego de reiterar su pertenencia a su pandilla, concluyó su tertulia con los pasajeros: "Cuando pase por su asiento, me van a mostrar el dulce, va. Y el que no lo agarró se va a poner de pie y me va a enseñar si no anda un tatuaje, porque ustedes ya saben las reglas del barrio, no se ignora a un 'brother'. Y el que no ande tatuaje, me va a dar lo que yo le pida, va, porque yo ando queriendo comer. Ahí vean si se tiran por la ventana o si me muestran un arma o si se cambian de bus.

Y a los que me agarraron el dulce, son 8 por $0.25. Ayúdenme, va. Y gracias por no ignorarme".

Uno de mis familiares me ha recomendado siempre andar monedas a la mano "por si acaso", por aquello de las colaboraciones "voluntarias" de $1 en adelante y, en su opinión, "ahorrarse problemas". Y aunque efectivamente terminé con 8 dulces en mi poder, me hizo pensar en lo ambivalente de la situación, porque me asustó (no soy tan valiente, a decir verdad, y he visto tantas cosas en este país, como la gente que se mata por un parqueo, que a veces prefiero tener miedo), pero en cierta parte, tenía razón, cuando en sus palabras, nos habló del estigma con el que van marcados de por vida.

Luego del pandillero se subió un entusiasta predicador que nos habló del perdón. ¿Casualidad? A saber. Yo me comía un dulce.

octubre 15, 2016

La incomodidad

La incomodidad, la mirada que se pierde sin saber adónde colocarse, el calor repentino, la ventilación con la palma de la mano que suda sin necesidad del sol. Las palabras que se desordenan ya de forma natural, ya de forma manipulada en los cinco segundos que preceden al suceso inesperado.

Las sonrisas que se logran articular, los buenos deseos que persisten, las felicitaciones carentes del mismo entusiasmo de antes, los saludos protocolarios de gente educada, la incomodidad de los espectadores que, aunque no lo sepan, probablemente se aflojen las corbatas por lo difícil que resulta respirar en ese ambiente tan cargado y que antes eran invisibles, aunque se contaran por cientos alrededor de ese espacio.

Las preguntas socialmente aceptadas, el intercambio y el cruce de los ojos que osan ver fijamente y al sentirse descubiertos, se desvían, como queriendo fingir que su dueño se ha quedado ciego de repente; las felicitaciones vacías ya de emociones pasadas, la forzosa, agobiante necesidad de huir, porque regresar ya no es una opción. La despedida luego de los cinco minutos más cortos de la vida. Sí, cortos, porque a pesar de todo, se sigue queriendo (como un masoquista) estar incómodo y ahí parado, pensando que las cosas no son como uno las recuerda y son mas bien, como las escribió.


Y luego, cuando se ha puesto un pie fuera de esa dimensión paralela en la que la vida nos pone, se escribe y se acusa la improvisación y la levedad de los pasos que llevaron los hechos a este punto. Se saca el expediente con las pruebas y se enumeran una a una las acusaciones:

Y es así como se culpa a su mirada, su presencia.

Con el agravante de su sonrisa y sus ojos brillantes.

El banquillo de los acusados recibe al causante de estremecer mundos, de darle vuelta a los planes perfectamente arreglados. De desordenar las ideas, de enredarlo a uno con sus pensamientos.

De hacerme pelear con mis precauciones, con mis medidas de control.

Se acusa la inacción, la predilección por la inercia como forma de vida. Por irse, por no quedarse, por motivar que se quiera más de lo que se cree y de lo que se debería, pero siempre un poco menos que mañana, cuando se levanta fortalecido el corazón y se siente ese poder extraño de sobreponerse y vivir como quisiera uno recordarlo en los últimos segundos de consciencia.

Se acusa la descuidada labor de exprimir a cuentagotas las esperanzas que quedan luego de todo. Se hacen señalamientos a la falta de olvido, que es la causa del efecto de olvidar que uno quiere olvidar. Que se obliga diariamente a hacerlo.

Y que sea el causante de que entonces Amalia levante todas las piezas de nuevo, porque el mundo sigue su curso y ella debe volver a comenzar a armar el camino.

P.D.: Se decide dividir la culpa en porciones equitativas y como nadie se hace cargo, se le atribuye todo a Murphy.

mayo 02, 2016

Palabra

Buscó dentro de cada libro y diccionario que componía su pequeña biblioteca, y aún así, claudicó en su intento por encontrar la palabra perfecta para describirlo.

Quería contar lo perfecto de ese lugar para estar, sin demasiado calor y frío. La banca de madera que los recibió en cada extremo y que, poco a poco, recibió el mayor peso al centro, cuando producto del tiempo y de un magneto invisible, la atracción hizo su trabajo.


No encontró las palabras para describir el brillo, las miradas, la danza de los silfos con las hojas que se llevaban la tierra y las últimas dudas que aún los separaban. Y luego, ese abrazo tan pleno, ese que le recordó lo bien que se puede estar fuera del hogar.


La suavidad, la humedad y la pasión de esos labios no tenían un apelativo satisfactorio, pensó. Al recordarlo, ya como sueño, ya como realidad, se ruborizaba y reía inquietamente. Bajo la mesa o alrededor de ella, volaban una tras otra las páginas que no lograban captar a cabalidad, la dimensión de los recuerdos de aquella tarde. 


Pasaron los minutos y los días y, obligada por la fuerza de una voz interna que le pedía a gritos expresarlo, Amalia comenzó a escribir (a teclear, en realidad, porque no había papel disponible cuando las palabras lograban escaparse, una a una y de no hacerlo, se habrían perdido).

Para lograr plasmarlo, dibujó cientos de veces en el aire aquellos labios. Cerró los ojos y recordó cada segundo del recorrido decidido soberanamente por aquella boca, aunque a veces se confundía con los tiempos y la intensidad y comenzaba su trabajo de nuevo para ser lo más exacta posible. La música y los suspiros se intercalaban, acompañándole en la gran cruzada por entender lo que sentía cuando sus ojos la veían y todos los habitantes de sus ojos, estremecidos, le sonreían de vuelta.

Y cuando creyó por fin capturar la esencia de aquel momento, él la abrazó por detrás y le dio otro beso en el alma. Ella modificó su recuerdo. Tuvo que comenzar a buscar de nuevo.

julio 22, 2012

Historia (1)

Desde hace tiempo me prometí escribir algo, por lo que escuché en una de esas oportunidades que no se te dan todos los días. Lo que dan por llamar conferencia magistral, del periodista argentino Andrés Oppenheimer.

No soy precisamente una de sus asiduas seguidoras, debo confesarlo. Pero esa noche, cuando hablaba de educación y desarrollo, coincidía con varios de sus planteamientos... y como no en todo se puede estar de acuerdo, de repente dijo algo que me dejó pensando.

Se refirió a la obsesión por la historia que se tiene en los países latinoamericanos. Y que, por estar pensando en el pasado, no nos enfocamos en trabajar por el futuro.

Perpleja y pensativa. Siempre he sido y seré fiel defensora de que si un pueblo no conoce su historia, es muy difícil que puedan seguir el camino que sus antecesores les han abierto, a fuerza de peleas inncesarias o implosiones ya esperadas. A base de sacrificio, empeño, necedad o valentía del "loco" que en ese entonces, hizo diferentes las cosas.

Lo que es peor, si las personas no son conscientes del cómo han llegado hasta donde están, la posibilidad de caer de nuevo en los errores ya cometidos es inminente. Y las segundas caídas, con una herida que no cierra, son más dolorosas. Algo así como echarse chile en la herida.

No puedo negar que hayan personas obsesionadas con los "fue", los "hubo", los "viví", y se olvidan de que están aquí en este momento, con muchas cosas por delante. Pero tampoco considero que haya que dejar de lado la historia, especialmente en un país como el nuestro.

A propósito de ello, la revista Séptimo Sentido publicó un reportaje que me pareció de lo más atinado para reflejar lo que pasa por las mentes de muchísimas personas aún:
http://www.laprensagrafica.com/revistas/septimo-sentido/274158-los-ultimos-rehenes-de-la-guerra.html

Un país cuyas bases están destruidas, no puede dejar atrás su historia, señor Oppenheimer. Ni siquiera puede comenzar a construir, porque le pasa lo que a una estructura sin bases ni soporte: Se derrumba. Y entiendo que el desarrollo responde al objetivo de ser y ayudar a la gente, ¿no?

Luego les comento más de mi interés personal por la historia. Saludos!